Cosas que no quiero saber – Deborah Levy

Es invierno en Nueva York. Vivo en Manhattan hace unos meses, en el Upper West Side, a dos cuadras del Central Park. La ventana de mi habitación da al contra frente del edificio, a una pared gris para ser exacta, que yo cubrí con un vidrio plástico para evitar el frío colándose por las esquinas. Cuando me levanto esa mañana puedo ver, a través del vidrio, la sombra de algo que cae. Por la velocidad a la que va me doy cuenta de que es nieve: algo ligeramente espeso, que cae más lento que la lluvia, generando un movimiento vaivén dependiendo del viento que sople.

Cuando estoy por salir, el portero del edificio, que también es latino pero vive acá hace años, me dice: ¿vas a salir así?
Tengo puesta la campera de nieve que mi mamá se compró para ir a esquiar a Bariloche, es la prenda más preparada para la nieve que tengo. Él me dice que necesito usar un gorro, que voy a terminar con el pelo mojado, y que además necesitaría unas botas impermeables porque con las zapatillas deportivas que tengo puestas, me voy a patinar.

Leer a Deborah Levy en Things I don’t want to know me transporta a ese momento.

‘Do you not understand what it is like to be a stranger in your country?’ (…)
‘I do not have even one pair of shoes that are right for this wet cold place.’
That’s what happened to us too. When we first arrived in England we never had the right clothes. In January we wore duffle coats and flip-flops. February was the month of the wellingtons and a sleeveless polka-dot dress.’

Después de caminar cuatro cuadras por Amsterdam me doy cuenta de lo que quiso decirme. La nieve me parece algo mágico. Nunca me había importado tanto hasta ese momento. Pero hace frío, estoy mojada, y por más de que tenga su belleza, esta incomodidad me hace sentir que no pertenezco. Como con todo lo incómodo, tratamos de que pase desapercibido, de que quede en un segundo plano de la memoria.

La belleza de este libro es que su título haga tanto sentido e invite al lector a viajar con Levy durante períodos traumáticos de su vida de manera casi indolora, por la forma liviana aunque firme en la que ella construye el relato. Son cuatro ensayos que abordan su vida fragmentada en distintos países, llenos de imágenes vivas de su niñez, de recuerdos incómodos que ella no suele visitar, de cosas que no quiere saber, pero también de su llamado a escribir, de ser mujer y ser escritora. Cada fragmento está nombrado en base a los cuatro motivos para escribir que propone George Orwell en su ensayo Why I Write.

Hay una suerte de magia frágil en estos cuatro pasajes: resonamos con esa niña, con cómo todavía sin entender muy bien de qué va el mundo tiene que adoptar distintas dinámicas para sobrevivir. Resonamos con aquellas cosas preferimos recordar y con esas otras que nos esforzamos en dejar ir, aunque nunca se vayan del todo.

Hace días que vengo visitando imágenes del pasado, imágenes de cuando era chica, recuerdos que pienso que hubiera sido mejor guardarlos, dejarlos sellados en una caja, que se queden ahí por tiempo indefinido.

Deborah tiene menos de diez años y aplasta una naranja con el pie para dejarla blanda. Luego le hace un agujero y bebe todo el jugo dulce. Es una niña pero ya sabe que las naranjas más chicas son las más jugosas. El recuerdo que debería ser puramente hermoso está un poco manchado, porque esconde el contexto. Una tierra donde se nace pero de la que se tiene que huir, la ausencia de un padre al que hicieron desaparecer un día cualquiera en un auto blanco, mientras el muñeco de nieve que habían construido juntos se derretía en el jardín de la casa.

Deborah ahora vive en Londres, no aplasta las naranjas para comerlas, pero reconoce que extraña a esa niña que así lo hacía; la niña creciendo en Johannesburgo. Esa niña sigue presente, se cuela entre sus palabras, es probablemente el motor por el cual ella escribe y es capaz de construir mundos nuevos.


‘What do we do with the knowledge that we cannot bear to live with? What do we do with the things we do not want to know?’ ‘I did not know how to get the work, my writing, into the world. I did not know how to open the window like an orange.’

Leer este libro me hizo sentir parte de algo más grande que yo, casi como en una meditación, recordándome que es ese uno de los llamados por los cuales escribo. Me dejó el deseo de que pase un poco de tiempo para poder revisitarlo otra vez y tenerlo como recordatorio de que todos llevamos con nosotros cosas que preferiríamos no saber.